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Polí­ticas y polí­ticos

Los sonidos del silencio

Aun si sale airoso en la disputa por “la calle”, el Gobierno nacional debe afrontar las consecuencias de su propio “Modelo”.

Edición Impresa: miércoles, 19 de septiembre de 2012

Por Sergio Serrichio - serrichio@hotmail.com

La respuesta fue tomando forma con el correr de los días: luego de la protesta de centenares de miles de ciudadanos en varias ciudades del país, el gobierno, lejos de reconocer la aparición de un polo de protesta y resistencia social al "vamos por todo" oficialista, ha decidido descalificar esas manifestaciones, tomarlas como reclamos ilegítimos de gente bien vestida que no pisa el césped y que sólo quiere viajar a Miami (curiosa forma de descalificar, la oficialista). O, mejor aún, como una ratificación de que va por el buen camino. Algo así, como "Ladran, Sancho...".

No debería sorprender. El kirchnerismo se nutre de la confrontación, encuentra en ella su razón de ser. En parte, porque lo aleja de la fastidiosa obligación de gobernar en serio, de gestionar con eficacia, de realizar más que anunciar, de dar respuestas que solucionen más problemas de los que crean, de dimensionar el uso de los recursos, que no son gratuitos ni infinitos -aunque los hábitos extractivos y rentistas de los Kirchner los lleven a creer así- a la importancia de los fines.

Además del aspecto negativo de la confrontación -esto es, del beneficio de alejar al kirchnerismo de lo que no le gusta o en lo que se sabe incapaz- está aquél que sí le gusta, y mucho: descalificar, dibujar enemigos, vender epopeyas que no son, pero que, cuando la pintura se corra y el montaje se caiga, servirán para explicar el fracaso no como una nueva evidencia de las insalvables limitaciones del autoritarismo y el populismo, sino como una batalla ganada por la oligarquía contra un proyecto emancipador, al cual siempre será posible volver.

Tal vez nos estemos apresurando, tal vez surja de verdad una articulación política eficaz contra el avance del autoritarismo, la corrupción, la incompetencia y la soberbia, pero, como antecedentes, allí están el Relato y las prácticas kirchneristas, que, de un lado, acompañan la glorificación de los montoneros como simples muchachos abnegados e idealistas y, del otro, callan el fracaso del experimento de populismo económico 1973-75, que derivó en el Rodrigazo y, menos de un año después, en la brutal regresión política, económica y social del Proceso.

Volvamos, sin embargo, a las cuestiones de la economía. Porque mientras el gobierno pasa lustre verbal a su épica, en los primeros siete meses del año Aerolíneas Argentinas perdió 2.376 millones de pesos. Aysa (Agua y Saneamiento Argentina, la estatizada empresa de aguas antes en manos francesas) 4.508 millones; Arsat (la empresa estatal satelital, que ahora prestará servicios de telefonía digital) 1.742 millones y Enarsa (la empresa estatal de Energía creada en 2004, ocho años antes de la reestatización de YPF) 8.616 millones.

En ese mismo período, el gobierno anotó 12.823 millones de pesos en subsidios a Cammesa (la empresa mixta, ahora en manos de La Cámpora, que administra el mercado eléctrico mayorista), 8.454 millones en subsidios a la "infraestructura de transporte" y 1.798 millones a las operaciones de "trenes y subterráneos".

Sumando pequeñeces como los déficits de Télam y los medios públicos -y dejando de lado la multimillonaria pauta oficial que alimenta el frondoso aparato paraestatal de propaganda- se llega a que entre enero y julio pasados los subsidios oficiales a las empresas estatales y a la prestación por terceros de algunos servicios públicos sumó la friolera de 46.661 millones de pesos, un 22% más que en igual período de 2011.

Esa variación no luce excesiva si se tiene en cuenta que la inflación anual ya superó la barrera del 25% (las mediciones privadas de agosto, anualizadas, ya llegan al 30%), pero debe recordarse que a fines del año pasado, por orden de la presidenta Cristina Fernández, el ministro de Planificación, Julio De Vido, y su entonces par de Economía (y hoy vicepresidente de la Nación) Amado Boudou, anunciaron que los subsidios se reducirían este año y adelantaron una tan farsesca como ineficaz campaña de "renunciamiento".

Esas cifras, enjugadas con la generosa asistencia del Banco Central y de la Anses, son la contraparte de las penurias fiscales de las provincias, que siguen financiando, ya sin motivos tras la reestatización de los fondos que administraban las AFJPs, el sistema de seguridad social. Según cálculos del Ieral, el año pasado aportaron por ese concepto 43.000 millones de pesos, más que suficientes para enjugar el déficit conjunto de todas las provincias argentinas y para ahondar el déficit del gobierno nacional.

He ahí los dos frentes de esta reflexión. Por un lado, el estrépito de la calle, el caceroleo, la protesta de los enojados, que ahora se suma a la de los excluidos, versus la épica oficial, sus cadenas nacionales, sus anuncios y eventuales movilizaciones. Por el otro, silenciosa, fuera de la vista de la tele, aunque reflejada en el constante aumento de los precios, en la mordida cada vez más feroz de los impuestos y la intrusión cada vez más descarada de la AFIP sobre la vida privada de los argentinos, avanzan las consecuencias de una gestión económica de barril sin fondo y en definitiva inviable.

Una política que ya chocó contra algunos de sus límites (la masacre ferroviaria de Once, la inflación, el déficit energético, la escasez de dólares, son algunos ejemplos) pero que aún tiene camino por recorrer.

En el primer frente, el gobierno enfrenta a sus "enemigos", la oligarquía, las corporaciones, la derecha, los medios monopólicos y varios etcéteras. En el segundo, debe lidiar con las consecuencias de sus propias políticas. Aun si el kirchnerismo sale exitoso de la confrontación del estrépito, que concierne básicamente a la política, en algún momento será víctima del "fuego amigo", más en terreno de la economía. Si es que ése termina siendo el resultado, ojalá que al menos sirva para no repetir el ciclo del retorno.

 

Fuente: Los Andes

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