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Polí­ticas y polí­ticos

Un freno a la re-re

El escenario

Miércoles 19 de septiembre de 2012 | Publicado en edición impresa

Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

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Después de las algarabías opositoras del jueves pasado, ningún kirchnerista volvió a hablar de la re-reelección. El oficialismo oscila entre el ninguneo y la descalificación de los cacerolazos, pero lo cierto es que esas manifestaciones clausuraron, por ahora, el proyecto de perpetuar a la Presidenta.

La crítica a la reforma de la Constitución fue, junto con el reproche a la descontrolada inseguridad y a la creciente inflación, uno de los tres principales temas convocantes. Es cierto que el petitorio implícito fue mucho más amplio (cada uno podía poner lo que quería), pero la síntesis mayoritaria de la protesta podría caber en ese puñado de conflictos.

En los últimos tiempos no faltó semana sin que algún kirchnerista (gobernador, funcionario, legislador) proclamara la necesidad de cambiar la Constitución para que Cristina Kirchner tuviera la oportunidad de una segunda reelección consecutiva.

Esas cosas nunca ocurren en el kirchnerismo, y sobre todo en el cristinismo, sin una orden expresa de la Presidenta. Cuando sucede una obsecuencia espontánea o inconsulta, es ella misma la que se encarga de desautorizar la propuesta, muchas veces en público. Esta vez, Cristina prefirió el silencio, que es una manera de consentir, para responder a los planes de su propia exaltación.

Ni el hiperkirchnerista Carlos Kunkel, dispuesto a eternizar a cualquier precio el espíritu de la época, volvió a hablar desde el jueves de la re-reelección. No lo podría hacer. Aníbal Fernández fue el único que hizo un vuelo rasante y rápido sobre el asunto: dijo que Cristina Kirchner no tiene posibilidad de ser reelegida en 2015 y que, por lo tanto, no se explicaba el reclamo social contra la re-reelección. Fue una manera desaliñada y torpe de anunciar la retirada de un discurso.
Retirada táctica

La política sabe que ese proyecto es una decisión tomada. Desde el socialismo hasta el macrismo, pasando por el radicalismo y el sindicalismo de Hugo Moyano, se habían lanzado a militar contra la reforma. Están lanzados.

El ex ministro de Economía Roberto Lavagna suele decir que no se dará por satisfecho ni aunque le digan que la re-reelección está muerta. "Al cuarto día iré a ver si al tercer día no resucitó", ironiza. Lavagna ocupa gran parte de su actual tiempo político hablando ante peronistas y radicales contra la reforma.

Existe, sin embargo, otro hecho de estos días que podría convertirse en un serio obstáculo para la reforma de la Constitución. Es la intensa ofensiva verbal del kirchnerismo contra la clase media. Ninguna elección puede ganarse en la Argentina sin ese sector social. Algunos sociólogos estiman que la clase media argentina representa cerca del 80 por ciento de la sociedad. "Hay sectores sociales que no son de clase media, pero que aspiran a serlo y tienen sus mismas aspiraciones", argumentan.

En estos días, cuando abundan los análisis de la crisis europea, muchos analistas subrayan el hecho negativo de que la clase media de Europa haya dejado de consumir. Es un freno enorme para cualquier economía. Es el sector social más dinámico, ambicioso y consumista de cualquier sociedad. El sistemático ataque a la clase media argentina podría ser una renuncia inconsciente del kirchnerismo a nuevas victorias electorales. "¿Por qué tanto desprecio a la clase media? ¿Será porque gobierna una clase de magnates?", se preguntó, cáustica, la historiadora María Sáenz Quesada.

El Gobierno se ha encargado de resaltar la importancia de los cacerolazos del jueves pasado. Durante cuatro días, el oficialismo tuvo casi el monopolio de un discurso duro y constante contra las manifestaciones. Nadie ocupa tanto tiempo ni tanta imaginación en un episodio minoritario. Fue muy importante, por lo tanto. La dureza de la réplica oficial es la dirección que marcó la Presidenta. Gobernadores que se habían manifestado comprensivos de las marchas, como el sanjuanino José Luis Gioja o el tucumano José Alperovich, rectificaron su posición rápidamente. Oportunas llamadas telefónicas desde Buenos Aires les indicaron que estaban equivocados.

El más significativo de todos fue el ministro de Planificación, Julio De Vido, un peronista al que naturalmente no le gustan las rupturas. Su nombre figuró entre algunos trascendidos como un funcionario moderado frente a los reclamos. Horas después, era más duro que los duros. Es la eterna reacción de De Vido: es más morenista que Moreno o más estatista que Axel Kicillof si la dirección del viento va hacia ahí. Es su fórmula para sobrevivir. No le ha ido mal, si ése es su propósito. Sobrevive en el poder desde el primer día de los Kirchner.

Entre las oscilaciones y las contradicciones, el mensaje oficial se ha centrado en dos cuestionamientos básicos a los manifestantes del jueves: que no tienen líderes y que se dejaron llevar por una conspiración mediática. También se mencionaron mucho el supuesto odio o los presuntos insultos a los que gobiernan de parte de los manifestantes, pero varios testimonios desmienten que esas expresiones hayan sido mayoritarias. El relato oficial necesita extender hacia todo el universo cacerolero la mancha de aisladas groserías. Sucedería lo mismo si se involucrara a todo el kirchnerismo en los disparatados exabruptos de Hebe de Bonafini. Los fanáticos nunca son mayoría.

Una parte del cristinismo resalta la ausencia de líderes entre los caceroleros (Kunkel y De Vido, fundamentalmente). Pero otra parte hace trascender que la protesta formó parte de una conspiración política que va desde Macri hasta Binner. ¿Cómo? ¿No es que carecían de líderes? El kirchnerismo tiene una astucia incomparable para colocar una realidad encima de otra realidad, hasta hacer ilegible la propia realidad.

Sólo dos canales (uno de aire y otro de noticias, ambos del Grupo Clarín) informaron sobre las manifestaciones. Ésa es la conspiración mediática. El subtexto del mensaje cristinista es alarmante: las sociedades no se sublevan cuando están desinformadas. Eso era cierto antes, cuando no existían Internet ni las amplias redes sociales. Tal discurso, por otra parte, no deja de ser ofensivo para amplios sectores sociales. ¿Alguien iría a una manifestación que no le gustara sólo porque la está viendo en un canal de televisión? ¿Las sociedades son tan manipulables? El cristinismo, al menos, cree que controlando el monopolio del aparato audiovisual basta y sobra para alzarse para siempre con el poder.

 

Fuente: La Nacion

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