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Politicas y politicos II

Admisión de una mentira y un fracaso

Admisión de una mentira y un fracaso

Trama politica

Presidente Mauricio Macri

02/10/16

Hay una comparación que resulta estremecedora. Entre 1974 y 1982, cuando un par de años de una turbulenta democracia derivó en una prolongada y sangrienta dictadura, la tasa de la pobreza en la Argentina osciló entre el 8% y el 10%. Los datos pertenecen a la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC. Fueron divulgados en un trabajo por los economistas Leonardo Gasparini y Guillermo Cruces. Treinta y cuatro años después de la recuperación democrática, el gobierno de Mauricio Macri comunicó que más de un tercio de los argentinos (13 millones de personas) viven en situación de pobreza. De ese volumen, 2,5 millones son indigentes.

Sería una obviedad señalar que se trata de un escandaloso retroceso colectivo. Pero resulta imposible soslayarlo. Sería una injusticia endilgar la responsabilidad únicamente a las clases dirigentes, políticas, empresarias, sindicales y sociales. En todo caso, ellas contaron siempre, guste o no, con la legitimación popular. Sería un error, por otra parte, no tener en cuenta los dinámicos contextos internacionales que fueron cercando aquel cuadro de persistente declinación. Como síntesis arbitraria, podría apuntarse que aquel proceso produjo y produce una formidable mutación tecnológica y cultural a la cual a nuestro país le cuesta enormemente acoplarse. A veces por falta de comprensión. Otras veces, por permanecer anclado en el imaginario de un mundo que hace mucho dejó de existir.

Los años de la democracia reconquistada podrían compaginar pinceladas armónicas de aquellos desajustes. Los distintos ciclos, quizás con la excepción de la Alianza (1999-2001), exhibieron oportunidades desaprovechadas. Ninguno de los momentos de bonanza supo ser captado para producir modificaciones económico-sociales estructurales y sustentables. Raúl Alfonsín tuvo su cuarto de hora con el Plan Austral. Carlos Menem con los primeros tiempos de la convertibilidad. Néstor Kirchner y Cristina Fernández derrocharon la coyuntura internacional más propicia para la Argentina en 70 años. Un dato estadístico resulta, en ese aspecto, indesmentible: la sociedad tiene en el 2016 casi idéntica tasa de pobreza que la que dejó el ex presidente K en el 2007: 31,5% marcaba el INDEC que, por entonces, ya sufría la intromisión de Guillermo Moreno.

En todos los casos descriptos ocurrieron fenómenos similares. La bonanza pasajera fue utilizada sólo para consolidar poder. También para el objetivo de la expansión política. Con un acompañamiento de mayorías que nunca indujo la necesidad de cambios o correcciones. La presunta paridad entre el dólar y el peso se tornó en un asunto casi religioso. Hasta el derrumbe. Con el inescrupuloso asistencialismo kirchnerista acaba de ocurrir algo similar. Las consecuencias quedaron a la vista.

El reconocimiento de Macri sobre la realidad social tendría varias virtudes. También algún defecto. Por empezar, serviría para comenzar a desmontar la mentira kirchnerista sobre el país de maravillas dejado por Cristina. La última cifra oficial sobre pobreza brindada por la ex presidenta remite a junio del año pasado. Fue al hablar en el foro de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Comunicó que se despedía del poder con menos del 5% de pobreza y apenas 1,7 de indigencia. Nadie sabe de dónde tomó tales guarismos porque la tasa de pobreza, por indicación de ella misma, se había dejado de medir en el 2013 en el INDEC fraudulento. Casi en paralelo el entonces ministro de Economía Axel Kicillof declaró que medir la pobreza era una acción “estigmatizante”. Aníbal Fernández, jefe de Gabinete, batió récords de impudicia al asegurar que Alemania acumulaba más pobreza que la Argentina.

El sinceramiento del Presidente ayuda también a conocer la dimensión de la difícil realidad que resulta perentorio transformar. Y revela el fracaso global de una dirigencia que, salvo hasta ahora una excepción, prefiere navegar entre el silencio, la sorpresa y la indignación. Apenas fue posible escuchar a Eduardo Duhalde, con tono de severa autocrítica, hacerse cargo de la parte que le correspondería por tamaña decepción.

Macri habría elevado tal vez demasiado la vara de su ambición. Se hizo cargo, al revelarla, de la obligación de mitigar rápidamente la tragedia social. Pero no podrá pretender que su administración sea juzgada sólo a partir de ahora. Como si sus primeros diez meses de gestión hubieran significado un entrenamiento. No vale la pena entrar en la discusión acerca de qué porcentaje de la pobreza heredó el Presidente y cuál fue producida por sus propias medidas para desactivar las primeras bombas de la herencia. Sólo la variación nítida de esa realidad dirá a futuro si el camino adoptado resulta el correcto. O si podría ser sólo la reedición de ensayos ya fallidos.

La comunicación de Macri significó una síntesis lapidaria de la herencia kirchnerista que el macrismo había relatado estos meses de manera desmadejada. Se produjo también en un momento providencial: cuando las centrales obreras, las CTA y la CGT, y los movimientos sociales elevan progresivamente el tenor de sus reclamos. La interpretación de ese estado de cosas podría resultar ambivalente. La realidad justificaría tales quejas. Pero nadie supondría, salvo Cristina y su ultrakirchnerismo, que sólo este Gobierno pueda resultar responsable del desastre social. Muchos movimientos sociales y dirigentes sindicales coquetearon con la ex presidenta hasta último momento. Recién los bolsos de José López con millones de dólares representaron un límite para ellos.

Algo de esa contradicción invade por ejemplo a la CTA. Hugo Yasky, el docente K, asoma apareado en cada protesta junto a Pablo Micheli, que dividió mucho tiempo a su organización para lidiar contra las políticas kirchneristas. Sus argumentos para confrontar con el macrismo se ven también distorsionados por otro costado de la realidad. La CTA tiene su viga maestra en los gremios estatales. Una de las banderas de lucha la constituyen los presuntos grandes recortes en el sector. Según estadísticas del Ministerio de Trabajo, el Estado sumó en un año otros 80 mil empleados. El rigor del ajuste recae sobre el sector privado.

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Al macrismo le podría calzar bien en ese y otros campos una mirada instrospectiva. La idea de los despidos masivos en el Estado fue instalada en el amanecer por la propia administración. Sonó con estridencia, por caso, el ordenamiento del personal en el Senado. Pero hubo al final más humo que otra cosa. Pasados diez meses las cifras de cesantías estatales no superan las 15 mil. El oficialismo se debate en otra disyuntiva con los movimientos sociales. Financia con planes su existencia. Son recursos importantes. Pero luego debe sufrirlos en la calle participando de cada movilización y cada protesta. La ministra de Acción Social, Carolina Stanley, ha ordenado esas concesiones. La mayor parte de los planes se canalizan ahora a través de los municipios. Los movimientos acceden directamente a un 10% de ellos. En cualquier caso, se trata de plata. Pero variaría la ecuación política. María Eugenia Vidal lo sabe. El Movimiento Evita en Buenos Aires quebró el bloque del FpV. Un verdadero alivio para la gobernadora. Ya lo había hecho en Diputados, en el Congreso de la Nación. Las escisiones podrían continuar.

La revelación sobre la pobreza tampoco fue indistinta para los cegetistas Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña. A esos hombres se les plantearon dilemas bravos. No podrían achacar al Gobierno poseer, como ocurría con el kirchnerismo, una visión amañada de la realidad. Tampoco la pobreza en crudo pareció constituir el preámbulo propicio para progresar con un paro nacional prometido hace diez días. El macrismo le adosó a ese panorama cierta ingeniería de contención para la cumbre que los gremialistas mantuvieron con Alfonso Prat-Gay, Rogelio Frigerio, Jorge Triaca y el ministro de la Producción, Francisco Cabrera.

Prat-Gay y Frigerio aproximaron un acuerdo con los ministros de Economía de todas las provincias para la modificación de las escalas del impuesto a las Ganancias. Un viejo reclamo de los cegetistas. Podría tener un costo fiscal de entre $ 25 y $ 30 mil millones. Los negociadores oficiales casi convalidaron la eximición tributaria del próximo aguinaldo. También, la posibilidad de un bono de compensación a cambio de que los gremios desistan del reclamo de la reapertura de las paritarias. Quedaron en seguir negociando.

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La prolongación de esas negociaciones encerraría otras ventajas. Por un lado la ganancia de tiempo. Por otro, la tibia insinuación de una idea que desde el Vaticano viene fogoneando Francisco. El macrismo rotuló como Mesa de Diálogo para la Producción y el Trabajo aquellas rondas que vendrán con gremialistas y empresarios. Faltaría la pata de la Iglesia para contemplar la aspiración del Papa.

Macri seguiría sin estar convencido sobre tal alternativa. Pero suceden dos cosas. Francisco anunció que tampoco el año próximo visitará la Argentina. No le sentaría el clima político ni la situación social. Además, en menos de dos semanas, el Presidente volverá a encontrar al Papa en el Vaticano. Sus expectativas serían módicas teniendo en cuenta el pasado y el presente de ese vínculo. Quizás alcanzaría para salvar la cumbre con que Su Santidad cambie delante de Macri su último gesto adusto por una simple sonrisa.

Fuente: Clarin

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