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Humor Político

A solas con Cristina viendo a Máxima

De no creer

Cientos de argentinos se congregaron en la plaza del Dam para ver a la pareja real. Foto: Adrián Quiroga / Enviado especial

Jueves 02 de mayo de 2013 | Publicado en edición impresa

Por Carlos M. Reymundo Roberts | LA NACION

Twitter: @Crroberts | Ver perfil

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La Presidenta tuvo la deferencia de invitarme a ver la entronización de Máxima y Guillermo en la residencia de Olivos. Por Dios, qué gran experiencia. Ella no fue a Amsterdam por esa cosa de que no iban otros monarcas para que nadie opacara el brillo de la nueva pareja real. No comparto mucho esa costumbre, pero en este caso tiene su justificación: ¿quién hubiera puesto sus ojos en Máxima estando allí Cristina I de El Calafate?

Hay muchas especulaciones sobre por qué les mandó a Boudou , un experto en viajes de mucho placer y ninguna utilidad. ¿Una forma de quitarles importancia a Máxima y a la ceremonia? No lo sé. Puede que haya tenido la secreta e inconfesable ilusión de que su vicepresidente fuese confiscado, cual Fragata Libertad, por deudas en default o por cuestiones pendientes con la justicia. En ese caso, ya tenía preparada la respuesta: "La Argentina no negocia bajo extorsión. Pueden quedárselo".

Por cierto, Amado no le hace asco a nada. Donde hay viáticos, donde hay lujo, ahí se zambulle. Además, a su álbum personal de escraches le estaba faltando uno en una buena ciudad europea.

Cristina también mandó a la senadora Rojkés de Alperovich, familiarizada con las monarquías gracias al tipo de dominio que su marido y ella han establecido en la ex provincia (hoy reino) de Tucumán. Parece que la pasó muy bien, aunque no le gustó oír hablar de una necesaria renovación de las casas reales. Ella no quiere cambiar nada.

En cuanto a Lorenzino (N. de la R.: todavía no ha conseguido dejar de ser ministro de Economía ), estuvo a punto de sumarse a la comitiva, pero, cultor del bajo perfil, no quiso vérselas con las cadenas de televisión internacionales, incluida una de Grecia, que se dieron cita en Amsterdam.

El canciller Timerman nunca fue de la partida: estaba sacado porque no lo habían invitado a Ahmadinejad.

Seguir la transmisión junto a la señora fue increíble. Ella, en el sillón principal del living, con un apoyapiés, y yo, en un banquito (acolchado, aclaro). Es impresionante: está atenta a todos los detalles, no se le escapa nada y deja caer comentarios sabrosísimos. Por ejemplo, le pareció un error imperdonable que en la cena de gala del lunes Máxima haya usado por segunda vez el vestido rojo sangre diseñado por Valentino. Se puso como ejemplo: seis años de Presidenta sin repetir jamás nada. "Pero bueno -dijo, indulgente-, ya aprenderá que no se puede andar oliendo a ropa vieja. La austeridad es cosa de papas y no de reinas."

Le costó entender, además, que Máxima no pronunciara un discurso. En su lugar, dijo, ella hubiera clavado una cadena de tres horas. Y directamente le resultó incomprensible la renuncia de Beatriz al trono en favor de su hijo, aunque hizo la salvedad, en tono de madre confidente, de que Guillermo parece algo más preparado que Máximo.

Cristina admiró, en cambio, el orden de la ceremonia (le hizo acordar a la reciente jura de Maduro en Caracas), el fervor de la gente en las calles ("Nada que ver con los amargos del 18-A") y el juramento de obediencia y lealtad absolutas de decenas de súbditos a Guillermo después de la entronización ("Me parece estar viendo a mis diputados y senadores").

A Máxima la encontró espléndida. "Está bien, está linda", decía una y otra vez, aunque alternaba los elogios con matices: "Debería tener medio kilo más de pintura", "tres vestidos para el día de la coronación me parecen pocos", "nena, está lleno de micrófonos, cachá alguno", "¿es la televisión o le sobran uno o dos kilos?", "yo en su lugar no le dejaría todo el protagonismo al marido", "soltale la mano a Beatriz y empezá a diferenciarte de ella".

Cuando Máxima se emocionó hasta las lágrimas al escuchar "Don't Cry for Me Argentina", a la señora la torturó un pensamiento. ¿Era presa de la nostalgia, o acaso a esta bienuda ricachona, seguramente gorila, la Argentina de estos días la hace llorar? Por las dudas, apagó la televisión.

 

Fuente: La Nacion

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