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La ley de la calle

Por: Martín Caparrós | 15 de septiembre de 2012

No defendían sus dineros como hace cuatro años; algunos eran los mismos, otros no, y todos salieron a decir que no toleran ciertas conductas del gobierno. Yo acuerdo con muchas de sus críticas y, aún así, creo que no era mi marcha: es más que probable que no comparta con muchos de los movilizados del 13-S casi nada, que nuestras visiones del mundo y sus políticas estén alejadísimas; también es probable que haya unos cuantos con los que sí. Fueron muchos miles: la idea de su homogeneidad es otro de los trucos del relato oficialista: que eran todos de los barrios caros, que eran todos de clase media alta, que no pisaban el pasto para no mancharse, que estaban bien vestidos -enunciado, por supuesto, por gente de clase media alta que vive en barrios caros, que suele "vestir bien" y no pisar el césped. Pero es una reducción: había mucho más que eso. Porque la convocatoria fue dispersa, porque una de las particularidades del gobierno kirchnerista es que algunos de sus actos pueden producir reacciones semejantes en personas muy diferentes, porque las consignas de la noche eran más que variadas.

Lo cierto es que, más allá de sociologías de café y taxonomías interesadas, la irrupción de la calle opositora cambia cosas. Instala una dinámica nueva que vale la pena tratar de pensar.

Está, por un lado, el problema de la ocupación de los espacios: el oficialismo basaba parte importante de su legitimidad en su capacidad de movilización -los jóvenes, los actos, la plaza y otros lugares comunes del relato- y, por lo tanto, la movilización era un recurso que sus voceras y voceros ensalzaban cadena tras cadena; ahora, cuando ya no les pertenece en exclusiva, se lanzaron a hacer malabarismos que, una vez más, se les transforman en esputos ascendentes: si dicen que "también en la cancha de Boca hay mucha gente", ¿cómo podrán, la próxima vez, jactarse como suelen de su propia mucha gente? Por ahora, el truco consiste en definir movilizaciones malas y movilizaciones buenas; las malas son las de los bienvestidos en la calle, las buenas son las de los bienvestidos en el palco; el argumento tiene sus problemas. Quizás, que es demasiado claro: una definición del populismo.

Pero eso es un detalle. Lo central de la nueva dinámica, creo, será el crescendo. El gobierno y su gobernadora ya dijeron que la salida de los nuevos cacerolos no les importa, que allí no hay nada que escuchar. No por nada, sino porque honestamente no creen que valga la pena escuchar a esa gente.

El gobierno piensa que no debe gobernar para ellos sino para los suyos. No me parece mal: un partido siempre gobierna para una fracción de la sociedad. Es mentira que se pueda gobernar para todos. Siempre se beneficia a unos o a otros -aunque buena parte del discurso y la práctica políticos consista en tratar de disimularlo. El problema es que, en este caso, no está claro quiénes son realmente los suyos. Y, sobre todo, el error del gobierno es que su ataque a los que ataca es mayor en las palabras que en los hechos, cuando debería ser exactamente lo contrario: irritan al pedo. En lugar de hacer, amenazan. Y, cuando hacen, enarbolan esa inepsia con la que manejaron, por ejemplo, el tema del dólar: agregando una regulación nueva cada dos días, mostrando que empezaron sin tener ni idea de dónde iban -como cada vez.

Su otro problema está en pensar que los propios son el famoso 54%. Como si todos esos votos les pertenecieran, como si no se dieran cuenta de que un porcentaje significativo -y todavía no medido- de quienes los votaron no apoyan muchas de sus medidas y sus formas recientes. Pero siguen hablando como si nada de eso. No pueden engañarse tanto; espero -de verdad- que solo sea un recurso retórico, porque si realmente lo creen son peores que lo que uno podría creer.

En todo caso insisten: en las voces de los cacerolos no hay nada que les interese, que quieran o deban escuchar. Los cacerolos, en cambio, descubrieron que tienen con qué hacerse oír. Sería tonto pensar que se van a resignar a esa sordera oficial; sería necio pensar que no van a volver.

Me imagino que en las próximas semanas va a haber marchas parecidas y es probable que sean cada vez más numerosas. Me imagino que en algún momento el oficialismo -que nunca es rápido para corregir sus velocísimos errores- va a querer disputarles la calle. Me imagino que la primavera va a florecer de marchas, contramarchas.

Si eso sucediera, el que pierde es el gobierno: pierde la hegemonía, se convierte en un contendiente cuando, hasta ahora, aparecía como el protagonista indiscutido, el actor único. Quizás prevean su error y no lo hagan. Quién sabe: si no se dieron cuenta de que la Rerre era lo peor que podían lanzar, no veo cómo ni por qué se darían cuenta de esto.

Pero para evitar la pelea por la calle tendrían que desarmar las marchas cacerolas con alguna concesión, algún gesto que sirviera para bajar la tensión y diluir las demandas. No veo cuál sería. O sí: el más probable -el mejor terreno de entendimiento que los oficialistas y los cacerolos podrían encontrar- es la represión. ¿Qué mejor podría ofrecer la doctora CFK que hacerse cargo de los reclamos por la inseguridad y producir un endurecimiento de la intervención policial -que, en última instancia, la favorece de más de una manera? ¿Qué mejor -para ella- que una maniobra que le permitiría recuperar algún favor en los que ahora la critican al mismo tiempo que aumentaría su control de esa calle que ahora teme perder?

Sería siniestrito. Espero, una vez más, equivocarme.

 

Fuente: El Pais

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