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Historia Argentina

Hay que adecuar la idea de soberanía al mundo de hoy

Vuelta de Obligado

 

Viernes 21 de noviembre de 2014 | Publicado en edición impresa

Por Luis Alberto Romero |  Para LA NACION

 

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La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional, celebrado ayer, renueva las discusiones sobre el Combate de Obligado de 1845 y el mito que ha generado. Pero además, el énfasis que el gobierno actual pone en la recordación de esa fecha, y los argumentos que esgrime, lleva a otra pregunta, no ya sobre el pasado sino sobre el presente y el futuro: ¿qué significa en el siglo XXI la soberanía nacional?

Hay un mito con el combate de la Vuelta de Obligado. No fue una victoria sino una derrota. Para detener a la flota inglesa, Rosas cerró con cadenas el río Paraná e instaló dos baterías. Los ingleses cortaron las cadenas, hubo cañonazos de ambos lados, algunos muertos ingleses y varios centenares entre los soldados bonaerenses. Muertes inútiles, pues los buques llegaron hasta Corrientes. Tampoco es completamente cierto que Rosas defendió los intereses nacionales contra la agresión imperialista. Esto último es correcto, pero los supuestos "intereses nacionales" son algo muy discutible. Por entonces no existía un Estado argentino unificado, sino provincias en guerra, alineadas en bandos políticos y divididas por cuestiones económicas. ¿Dónde estaba la Nación? Corrientes quería comerciar directamente con los británicos y Rosas defendió el monopolio comercial porteño. El antiimperialismo fue acotado, pues el episodio no enturbió una larga historia de relaciones entre Buenos Aires y Gran Bretaña, mutuamente beneficiosas. En 1852, caído Rosas, todas las provincias aceptaron el principio de la libre navegación de los ríos, incorporado a la Constitución.

Este mito de la Vuelta de Obligado, creado por el revisionismo histórico, forma parte de la nueva "historia oficial", difundida de manera sistemática y abrumadora en la escuela y en los medios. En 2010 se estableció el Día de la Soberanía Nacional, con feriado móvil. Pero además, las consignas revisionistas ocupan un lugar importante en los discursos de la Presidenta, tan abundantes como contundentes. Más allá de la crítica fácil, sus argumentos merecen consideración, pues hablan también sobre quienes la escuchan y la votan.

La Presidenta acude frecuentemente a ejemplos históricos, elegidos de manera un poco desconcertante: para un historiador no es fácil vincular a Monteagudo, Artigas, Dorrego y Rosas, pues en su tiempo casi todos se detestaron. Pero esta desordenada evocación no pretende organizar un discurso histórico. A diferencia del peronismo militante de los años 60, que se colocaba en la culminación de un largo proceso de luchas nacionales y populares, el kirchnerismo no se considera heredero de nadie, ni siquiera de Perón. Son fundadores, y el pasado sólo les interesa como un depósito de hechos memorables que, adecuadamente interpretados, operan como presagios de su llegada y su pasión. En el caso de Obligado aparecen los grandes poderes de siempre conspirando en contra de la Argentina y de su jefe, como hoy lo hacen los buitres. Los cañonazos que entonces dividieron al país son similares a los que hoy separan a los defensores de la nación de sus enemigos. La gesta de Obligado ilustra sobre una lucha eterna, en la que una derrota ocasional anuncia la victoria final.

Parada en el presente, la Presidenta invita a adecuar idea de soberanía a las luchas de hoy. La nación soberana ha de sobrevivir en un mundo que se derrumba, del cual debemos mantenernos saludablemente separados. La economía soberana debe dar inclusión, empleo y prosperidad a los argentinos. La soberanía ideológica consiste en consolidar la unidad de los argentinos y protegerlos de las ideas foráneas, otro instrumento de la gran conspiración.

Todos estos tópicos forman parte de un conjunto discursivo y simbólico compacto y enterrado en nuestro subconsciente, al que la Presidenta interpela con éxito, como lo hicieron tantos otros antes que ella. La soberanía ideológica alude a la conocida "cultura nacional", más postulada que definida. En realidad, todos nuestros productos culturales, hasta el pericón, son resultado de una mezcla, o una adecuación local de lo foráneo. Nuestros pensadores nacionales, igual que los llamados cosmopolitas, leyeron y adaptaron libros que también leían los franceses o los alemanes. La misma idea de una cultura nacional es una traducción del nacionalismo romántico alemán del siglo XIX. En definitiva, las ideas ignoran las fronteras políticas.

La soberanía económica -vieja idea del mercantilismo- fue una aspiración común en el mundo de las guerras mundiales. La autarquía entusiasmó a los planificadores económicos y a los militares. El país debía contener todo lo que necesitaba y cerrarse al mundo, siempre hostil; así, el "hecho en la Argentina" justificó sacrificar la eficiencia y los beneficios del intercambio. Es sabido que desde la segunda posguerra el mundo marcha por otro lado. Las economías crecen sobre la base de la interdependencia y la integración, y el "made in" ha perdido todo sentido. La idea cerril de la soberanía económica cultivada por el Gobierno no aporta nada para facilitar la integración en un mundo donde todos dan y reciben, ni para pensar cuáles son hoy las cuestiones específicas donde un interés de la comunidad nacional debe ser defendido.

Tampoco la soberanía política es hoy un valor absoluto, como lo fue en el pasado. Desde la creación de las Naciones Unidas, esta idea es revisada y matizada por quienes quieren construir instituciones y regulaciones supraestatales, una empresa tan noble como llena de dificultades. Para quienes vivimos en la Argentina, la cuestión de la soberanía estatal tiene una dimensión más acuciante, pues nuestro Estado de Derecho retrocede ante gobiernos arbitrarios, que arrasan con todo lo que los limita. Ante estos avances, las limitaciones y controles internacionales, que el gobierno actual desafía en nombre de la soberanía, constituyen el último recurso de quienes no encuentran amparo en la justicia local. Esto incluye a la Corte de La Haya o a la de Costa Rica, y hasta al modesto juez de Nueva York, que desconoce nuestros folklóricos usos de la justicia.

Todas estas cuestiones sobre la soberanía, que debemos discutir, derivan de la idea de nación. ¿Qué es la nación? No tenemos un conocimiento directo y experiencial. Creemos en ella, afirmamos que es de una cierta manera y construimos representaciones, con palabras o símbolos. Pero a diferencia de una religión, no hay un texto sagrado que consagre una verdad al que remitirse. Se trata de una cuestión opinable, que es de la más alta importancia. Por ejemplo, algunos creen en una nación plural y diversa, tolerante e institucional, y otros, con igual convicción, en una nación homogénea y unida, que se expresa en un liderazgo fuerte.

Esta segunda creencia ha predominado en la Argentina en el siglo XX. En ella confluyeron las ideas del nacionalismo, la Iglesia integrista, las Fuerzas Armadas y los movimientos nacionales y populares. Todos coincidieron en que cada uno de ellos representaba a la nación unida y soberana, y que fuera de ella solo había enemigos, externos e internos, consagrados a conspirar contra la nación. Algo de eso decía Rosas en 1845, cuando convirtió la defensa de intereses sectoriales en una gesta nacional, en la que estaba en juego la soberanía. Es lo mismo que hace el gobierno actual, apelando a la unidad, sobreactuando sus conflictos con parecida intensidad, y con mucha menos preocupación por la coincidencia entre sus dichos y sus prácticas reales.

Mientras existan comunidades nacionales, la soberanía será siempre una cuestión muy importante. Pero también es importante adecuarla a la integración en un mundo cada vez más interdependiente, pues "vivir con lo nuestro" es condenarnos a la mediocridad y la miseria. Sobre todo, es fundamental no separarla de la garantía de los derechos personales frente a gobiernos que utilizan la soberanía como instrumento de disciplinamiento interno. No se trata de negar su valor esencial sino de reconsiderar sus formas, sus símbolos, sus discursos y adecuarlos a una democracia institucional y plural. Quizás entonces elijamos otra fecha para celebrarla.

El autor es miembro de la Universidad de San Andrés y del Club Político Argentino

Fuente: La Nación

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