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Historia Argentina

Las promesas del general

Así se titula el libro que sucede al trabajo “El general cautivo”. José María Paz recupera su libertad, con el compromiso de no encabezar nuevas revueltas contra el gobierno de Rosas. No cumple.

Promesa incumplida. El general José María Paz estaba preso. Cuando recupera la libertad, se muda a Buenos Aires con su esposa Margarita Weild.

21/07/2014

Por Esteban Dómina (Historiador)

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23 de abril de 1839. A Margarita Weild se la ve exultante, como rejuvenecida. Su rostro demudado de los últimos meses parece haber recuperado la lozanía; el brillo intenso de su mirada celeste delata lo que seguramente deambula por su cabeza desde que la noticia más esperada hizo renacer sus ilusiones. Ella y su esposo están de regreso en Buenos Aires, la ciudad donde pasó buena parte de su infancia y su adolescencia.

Ahora que la pesadilla terminó, sueña que al fin podrá disfrutar de la vida como Dios manda, en libertad, junto a él y sus dos pequeños hijos, más los que seguramente vendrán. Eso solo basta para que se sienta la mujer más afortunada del mundo.

Todavía le parece increíble que sus ruegos finalmente hayan dado frutos, que Dios se haya apiadado de ella cuando toda esperanza parecía perdida. Por primera vez en mucho tiempo, siente que el destino le dispensa una tregua, que le sonríe tímidamente, a hurtadillas. Y ella está dispuesta a poner lo mejor de sí para defender esa nueva oportunidad con uñas y dientes, para impedir que esa módica promesa de felicidad que la vida le sirve en bandeja de plata se escurra como arena entre sus dedos.

Sin embargo, algo que se oculta en los pliegues de su mente la perturba y no le permite disfrutar el momento en plenitud. Una espina inclemente que hinca su piel y empaña su ilusión: ¿Y él? El hombre al que amarró su vida, ¿cumplirá sus promesas? La duda, cada vez que se presenta, nubla su rostro y endurece su gesto.

Para espantar esos pájaros de mal agüero que anidan en su interior, se consuela pensando que los penosos días de cautiverio –primero en Santa Fe y después en la villa de Luján– quedaron definitivamente atrás desde que Juan Manuel de Rosas le concedió la libertad a su marido, cuando nadie hubiera apostado ni un real a favor, y sí muchos en contra.

Una libertad acotada, es cierto, porque en adelante su hombre tendrá “la ciudad por cárcel”, esa misma ciudad donde ahora están. Sin embargo, todos saben, empezando por él, que si se comporta como es debido y no comete ningún desatino, y si cumple con su palabra de honor y no vuelve a tomar las armas en contra de la Confederación, ni osa alejarse más de una legua de la plaza principal de Buenos Aires –tal como le fue prevenido por la autoridad policial–, esa restricción no será más que una mera formalidad temporal. Mientras haga buena letra, nada pasará. Todos lo saben, ella, la primera.

Solo dependía de él

En buen romance, que de allí en más les fuera mejor o peor dependía de él, de su comportamiento.

De nadie más, ni siquiera de Rosas, que ahora que lo tiene al alcance de la mano, lo dejará hacer y vigilará con ojo atento que no se pase de la raya. Tampoco de ella, que no podrá frenarlo si él se aparta de lo que prometió a cambio de esa libertad que disfrutan.

Con todo, eso, que debiera ser tomado como una buena noticia, en lugar de sosegar su espíritu, aumenta su angustia, le causa una sensación amarga que se queda a mitad camino, entre la inquietud y la intuición propia de las mujeres, y le dice que no cante victoria todavía, que no debe dejarse llevar por el entusiasmo y menos aún gastar a cuenta de una dicha futura que un soplo de viento otoñal puede arrastrar junto a las hojas secas que por esos días alfombran la Alameda porteña.

Aunque él prometió solemnemente y bajo juramento que no volvería a las andadas ni haría nada que ponga en riesgo a los suyos, ella no está tranquila. No es que no le crea, no; lo sabe un hombre íntegro, de palabra, incapaz 
de prometerle algo en vano, pero también sabe que la vocación política de 
su esposo, su afán de servir al país que necesita de hombres como él, está por encima de todo lo demás. De todo, incluso de su propia familia, aunque sea lo más preciado que tiene y lo único que quedó en pie tras la debacle que lo arrastró a la prisión.

Ella sabe mejor que nadie que esa vocación no ha sufrido mella durante los ocho años de cautiverio; que per­manece intacta y sigue viva en él como el primer día, aunque no lo diga en 
voz alta o le cambie de tema –sutilmente a veces, otras, ofuscado– cada vez que ella bordea esa zona vedada al ­diálogo franco.

A la manera de los tiranos

Le consta que a su hombre le repugna el actual estado de cosas, que no tolera que Rosas –quien por esos días cumple el cuarto año de su segundo mandato– gobierne a la manera de los tiranos, con la suma del poder público en un puño, sin tener que rendir cuentas a nadie, sobre todo desde que desaparecieron de la escena terrenal Juan Facundo Quiroga y Estanislao López, los únicos capaces de ponerle algún límite, de hacerle un poco de sombra. También sabe que él, tarde o temprano, despojado del tramojo que le ataba las manos, se cargará en hombros la vacancia del partido opositor, que hasta el presente se reveló incapaz de poner en caja el desenfreno rosista y de dar una organización decente al país.

Ella conoce a fondo la estirpe de su esposo: lo sabe amante de la libertad, pero vulnerable a la compulsión por el poder y afecto a la fascinación por el peligro, y por eso teme que no sea capaz de reprimir esos impulsos que, 
en hombres como él, suelen ser más fuertes que la razón.

Intuye que la promesa juramentada tambalea cuando, apenas llegados a Buenos Aires, lo observa cuchicheando con algún comedido que, seguramente, lo pone al día de la situación o le trae el último chisme político, o cuando lo sorprende leyendo a escondidas alguna misiva comprometedora que guarda presurosamente entre sus ropas si 
ella aparece. No se trata de amoríos subrepticios, Margarita bien lo sabe, sino de guerras y revoluciones, más peligrosas aún para su familia que un romance clandestino, una amenaza que, puesta a elegir, preferiría mil veces enfrentar.

Contra lo otro, es poco lo que puede hacer: sabe que la política es una amante para toda la vida y el poder 
un afrodisíaco que enloquece a 
muchos hombres.

Tampoco confía en que la palabra empeñada por él a cambio de su libe­ración vaya a ser un impedimento, si es que en lugar de observar ese compromiso sellado con el gobierno hace lo que le dicta su consciencia, mal que les pese a Rosas y su séquito. No es ingenua, sabe que, llegada la hora, a su marido no lo frenará nada, ni siquiera las promesas que hizo.

Por todas estas cosas, la mujer del general tiene en claro que no serán fáciles para ella los días por venir, que tendrá que bregar con todas sus fuerzas para intentar torcer la fuerza del destino, aunque sea la partida más difícil de su vida.

La segunda parte de una trama apasionante

Las promesas del general es la continuación de El general cautivo (editorial Raíz de Dos, 2012), que concluye con el traslado de José María Paz, prisionero en Santa Fe, a Luján, en la provincia de Buenos Aires.

La narración se retoma a partir de ese momento –año 1835– y sigue los pasos del protagonista hasta 1840, cuando este se dispone a reanudar la guerra contra Rosas, en Corrientes. 

Paz guardó cárcel hasta 1839, cuando el gobierno lo autorizó a vivir en Buenos Aires con la condición de no salir de la ciudad ni volver a tomar las armas en contra de la Confederación. Incluso, se le reintegró el grado militar.

Sin embargo, no cumple esa promesa ni la que hizo en el mismo sentido a Margarita Weild, su esposa, y escapa al Uruguay, dispuesto a sumarse a la causa antirrosista. Debe optar entre ponerse a las órdenes de Fructuoso Rivera, el zigzagueante presidente uruguayo, o alistarse en el ejército de Juan Lavalle que opera en el litoral argentino. 

Se entrevista con ambos, pero no congenia con ninguno y termina aceptando la propuesta del gobierno correntino para hacerse cargo de la formación y conducción de un ejército en aquella provincia.

Hasta allí llega el relato. 

Fuente: La Voz

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