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Historia Argentina

Reescribir la historia, clave para construir el relato

UN DEBATE ENTRE HISTORIADORES. La historia siempre ha sido la base fundamental sobre la cual pensar quiénes somos y hacia dónde vamos. Eso entendió Félix Luna al fundar “Todo es Historia”, en 1967. PERFIL reunió a su directora y su editora con dos historiadores de distintas generaciones, para reflexionar acerca del uso del pasado y sobre cómo leer todas las voces ante un discurso que tiende a lo unívoco. Y Luis Alberto Romero recuerda a Luna.

Por Clara Fernandez Escudero

20/07/12 - 09:47

Rodeados. Daniel Schávelzon, María Sáenz Quesada, Felicitas Luna y Mauricio Meglioli (de izquierda a derecha) en la redacción donde trabajaba Félix Luna. Los temas de tapa elegidos a lo largo de estas casi cinco décadas reflejan no sólo personajes sino también situaciones cotidianas que son historia.

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¿Qué significa la historia si sólo se puede ver una de sus caras? ¿Por qué es importante revisar quiénes fuimos, para entender mejor quiénes somos y dónde vamos? ¿Desde cuándo la retórica política maneja a su antojo ese pasado para transformar el presente?

Con estos y otros interrogantes, PERFIL se sentó a la mesa de trabajo que pertenecía al abogado, escritor, poeta e historiador Félix Luna, fundador de Todo es Historia, que acaba de cumplir 45 años ininterrumpidos, y que ostenta la particularidad de ser una de las pocas revistas mensuales masivas dedicadas exclusivamente a la historia en el mundo.

Los historiadores María Sáenz Quesada -actual directora de Todo es Historia-, Daniel Schávelzon, especialista en arqueología urbana; Mauricio Meglioli, estudioso de la vida y obra de Sarmiento; y Felicitas Luna, editora e hija del medio de Luna, que continúa el legado de su padre en la revista, compartieron una conversación en la redacción de la calle Viamonte. Allí reflexionaron acerca de cómo, a través del pasado, podemos asir mejor una realidad compleja y relataron cómo sus vidas están indisolublemente ligadas a la publicación fundada en 1967 para retratar, a través de nuestra historia, cómo somos como sociedad.

Aquí, algunas de sus respuestas.

Nuevo revisionismo.

-¿Qué sentido tiene? ¿Qué pasa con el uso político de algunas figuras de la historia?

SAENZ QUESADA: El revisionismo y el auge de la historia se han visto muchas veces. Incluso cuando la revista se fundó, a fines de la década del 70, era un momento de intenso debate, de lo que se llamaba en ese momento la Historia Nacional. Hoy, lo que aparece como un perfil muy nítido es que el nuevo revisionismo es fundamentalmente con apoyo estatal, con amplia difusión desde las tribunas más altas del país, desde la presidencia de la Nación, desde las universidades. Hay un apoyo a este revisionismo que ha perdido ese carácter un poco agreste, opositor, como en 1938, cuando se creó el Instituto Juan Manuel de Rosas desde el llano. Ahora, esto se hace desde arriba, lo que le quita un poco de su encanto. Hoy veo más una reescritura de temas que no nos contaron pero que, en realidad, han sido contados infinidad de veces, que lo que necesitaban era un nuevo marco oficializado. Pero al mismo tiempo, y en esto creo que TeH se diferencia, yo no critico que existan estos institutos que tengan todo el apoyo oficial que puedan tener, pero tampoco creo que la historia sólo pueda escribirse desde el Conicet o los institutos especializados, porque a veces hay un buen aficionado que tiene acceso al material, ha dedicado una vida a eso.

SCHAVELZON: Creo que es interesante lo que está pasando con la historia. Todo empezó con el cambio de siglo y las crisis de identidad que nos vienen en los cumpleaños. En todo el mundo hubo un lógico intento de repensar algunas cosas y, como todo es historia, hubo que repensarlas desde el pasado. La Argentina fue parte de ese auge posmoderno tardío de revivir los temas de identidad, de memoria, de democracia, en momentos difíciles que nos obligaban a pensar cosas. Yo no estoy tan de acuerdo con María (Sáenz Quesada) con que el Estado tenga que apoyar indiscriminadamente organismos e institutos. No me opongo a que haya uno dirigido por Pacho O'Donnell, pero ¿por qué no hay un Instituto Nacional de la Geología, que es fundamental para la economía nacional, que define que haya petróleo o no, y sí uno Nacional Browniano? Esa intencionalidad es política, sin dudas. Y así con mil temas más: el patrimonio, la matemática.

SQ: Pasa por cierto equilibrio, el problema de la mirada de la historia. Siempre ha existido que los personajes se magnifiquen: en la época de Mitre, por ejemplo, había una intencionalidad política, pero al mismo tiempo había un excelente trabajo de reconstrucción histórica que hace que hoy vivamos de esos grandes referentes que él seleccionó. Y hoy, bueno, hay un uso político partidario de las figuras del peronismo que hace más de cincuenta años es un partido hegemónico. Pero siempre hay una nueva posibilidad de investigación sobre temas que parecen a priori archiconocidos, y eso aporta una nueva visión, que es muy valiosa.

S: Creo que eso debiera ser el resultado de una política democrática de apertura, porque si no, se transforma solamente en una manera de bajar línea. En el uso político de ciertas figuras, de ciertas posiciones a veces incluso poco sostenibles desde lo académico -porque es fácil decir "Qué malos los ingleses que nos dieron el crédito Baring"-, pero no admitir que nosotros nos lo gastamos en la guerra contra Brasil...

-¿Ese uso no ha existido siempre?

S: Sí, siempre existió el uso de la historia, y Mitre es un buen ejemplo de ello. Hasta el año sanmartiniano eso siempre pasó. Ahora es más público, más abierto, las políticas de Estado se toman en nombre de una reivindicación histórica. Y eso habría que demostrarlo, si es así. Si no, abrevamos en la historia para sacar el pedacito que nos sirve y justificar una política petrolera, un reparto de algo, lo que sea. Eso no pasa por el mundo académico, y caemos en algo light: "Fulano, hoy, es héroe". Es un viejo tema en la Argentina.

MEGLIOLI: A mí me preocupa que la historia sea un instrumento para dividir: opiniones, gente. La historia debiera estar para encontrar un aspecto de la verdad, para aprender como sociedad, para unirnos, para aprender de nuestros errores, pero no para encontrar los buenos y los malos. Creo que en la historia hubo gente que cometió errores, pero que aportó: eso es, en realidad, mostrar las dos caras de la moneda. Y el historiador tiene que tener cierta honestidad; no sólo buscar lo bueno en una figura o un período y revelar todo. Quizá en la época de (Adolfo) Saldías o (José María) Rosa se mostraban todos los aspectos de los héroes. Hoy, el revisionismo busca mostrar sólo un aspecto, el discurso se recorta más.

SQ: Tiene que ver con lo mediático, con estar permanentemente en la televisión, en los medios, en internet. El problema es que para producir algo realmente nuevo en la historia hay que trabajar muchísimo tiempo, revisar documentos, textos, recuperar los restos posibles, clasificar. Quien es historiador sabe que es muy difícil inventar y renovar, y suele ser muy respetuoso del trabajo anterior. El peligro de este revisionismo tan politizado es caer justamente en eso: en lo rápido, en la eficacia política de un mensaje sin respetar la obra realizada.

El uso del relato.

SQ: Pongamos el caso de la Historia Patriótica, de 1908. Era una historia de héroes pero no personificada en las figuras políticas, partidarias de ese presente, y esa fue una de las razones por las que pudo subsistir tanto tiempo. Podían ser reinterpretados, resignificados incluso por el peronismo, por eso han permanecido. En el presente, con el uso mediático, y luego la cosa personalizada en los jefes del partido en el poder, esa amplificación -que viene de "Santa Evita" y se reproduce en "San Néstor"- va a llamar la atención, y espero que quede como una curiosidad de una época, y no como un recurso al que se va a apelar en otras oportunidades.

LUNA: Una de las cosas que pienso es que cómo es necesario -como la revista- estar más allá de la academia, de dar enfoques nuevos a temas viejos. Reforzar la idea de que el revisionismo es necesario, pero con criterio. Personalmente, no tengo miedo a estos revisionismos y estos relatos que hay ahora, pero sí a que se toque de una manera distorsionada la historia. Todo este tema de la presión mediática, en un punto, vulnera el quehacer historiográfico.

M: El peligro de magnificar el discurso oficial es no fomentar el espíritu crítico que debiéramos tener, y sobre todo en los más chicos, en los estudiantes con quienes podemos estar en contacto. Lo que tenemos que tratar de evitar es el uso indiscriminado de un mensaje enlatado, que no se puede cuestionar. Todo está colaborando a que no haya espíritu crítico, y sí un mensaje único: uno prende cinco canales de televisión y cuatro están diciendo lo mismo.

L: Sí, pero yo creo que, mientras haya todavía tribuna y espíritu de trabajo estimulándolo, hay posibilidades de crecer, escribir y reinterpretar. El enlatado es fácil y es cómodo, pero vencerlo implica el desafío de la no comodidad, de no quedarnos.

SQ: El pasado enriquece cuando se lo mira completo.

S: Esa mirada enlatada de buenos, malos que vienen en paquete cerrado y nada que se sustente historiográficamente está ligado al desarrollo de los medios: la televisión, internet, la generación de la Wikipedia. Y esa forma de actuar se está transformando en una manera de pensar. Hay gente que entendió que puede usar ese sistema como medio para transmitir mensajes. Lo dan cocinado, masticado y comido, lo único que hay que hacer es deglutir. Y esto nunca ocurrió a esta escala, tan masiva.

La vida ligada a Todo es Historia.

SQ: He escrito muchos libros, pero debo reconocer que algunos de ellos surgieron de los artículos que, como novata, aparecieron en la revista Todo es Historia. Las historias de las mujeres de Rosas, otro sobre Mariquita Sánchez y así se convirtieron en libros a partir de artículos. Y estos fueron trabajos fundamentales en los cuales la posibilidad de expresarme como historiadora incipiente en un medio a medias periodístico a medias científico como era, y con el impulso que daba Luna a quienes empezaban, con esa confianza y ese deseo de formar un equipo de gente muy amplio y variado desde el punto de vista ideológico, en el cual podían incluirse desde periodistas de investigación a historiadores jóvenes, personas consagradas, académicos, aficionados
-que son muy frecuentes por ejemplo en las historias de los barrios-, todo ese equipo formó esta historia "monumental e informal" del país, como la definió Luna, con más de 500 números publicados y 1.600 colaboradores a lo largo de su historia. Yo me cuento entre esos primeros colaboradores que luego nos hicimos historiadores.

S: Colaboro desde hace más de 25 años. Lo que más me impacta no es sólo la efeméride, sino que creo que lo que estamos celebrando es que hace 45 años que en Argentina hay una revista de historia en los quioscos, que el maestro de escuela en una provincia o cualquier vecino que no accede a la información académica, aburrida y pesada, puede acceder a lo que sucede y sucedió, distintas interpretaciones y le interesa ubicarse en los sucesos históricos, tiene acceso a una revista que, aunque raya entre lo periodístico y lo académico, tiene un aparato erudito en cada artículo, autosostenibles en todos los casos y con un aval documental profundo.
Eso es único, incluso en el mundo de internet. Uno pensaría que con la red no tiene más sentido, pero tiene más sentido que antes, porque internet es ese mar gigantesco donde uno puede agarrar cualquier cosa. Aquí hay edición temática, y se mantiene una posición concreta para seguir sobre papel. No sé si hay otro ejemplo en el mundo.

SQ: Un historiador italiano me dijo que ojalá existiera algo similar a Todo... allí ¡En un país de miles de años de historia, el Imperio Romano! Y en Brasil no han podido, a pesar del empuje actual, fundar una revista de historia y mantenerla a lo largo de los años. Nuestros lectores, fieles, nos dan la convicción de que somos útiles.

M: En la década del 90 siempre compraba la revista. Como soy sanjuanino, al volver de España, donde estudiaba, empecé a leer sobre Sarmiento y a investigar. Apareció un libro y dije "esto tiene que publicarse". Yo no tenía antecedentes en historia, lo mandé a la revista y lo publicaron. A partir de allí, la revista me abrió las puertas de la facultad y me ayudó a abrir el círculo académico, darme herramientas para seguir estudiando. No sólo me incentivó, sino que me ayudó a abrir puertas. Conversé con Félix (Luna) y vi que tenía ganas de dar oportunidades a aquellos que veníamos del interior y no teníamos un nombre.

S: Lo fundamental (de Luna) fue tener el ojo y la capacidad humana para darle lugar a la gente joven. El aporte de Luna y la revista -que vienen unidos- es el título: afirmar que "todo es historia" se ha convertido en una verdad habitual en cualquier vocabulario, y sintetiza perfectamente, en tres palabras, una línea de pensamiento muy grande.

M: La revista ha ayudado a incluir a las minorías, la vida cotidiana, los juegos, los barrios, las costumbres como parte de la historia, y salir del bronce. Se cambió el paradigma: no sólo Sarmiento, Mitre, Perón hacían la historia. Todos, la gente común, somos quienes la hacemos, tenemos una responsabilidad al respecto.

L: Para mí, la revista es casi una hermana menor. Siempre digo que fue una de las hijas más queridas de Luna. Yo me conecté con ella, a lo largo de mi carrera, de distintas maneras: organicé el archivo fotográfico, coordiné, edité, gestioné los fondos para una revista independiente y pequeña como la nuestra. Sobrevivimos a todos los vaivenes: pasamos el onganiato, el Proceso, la híper. Nos han investigado de Estados Unidos, de Europa, por nuestra forma particular de ser. No somos juglares de la historia, somos profesionales de distintas disciplinas, siempre con nuestra fama como antecedente.

 

Fuente: Perfil

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