Historia Argentina

Biografía de Juana Gabriela Moro Díaz de López

Publicado por Roberto G. Vitry

Patriota de la guerra de la independencia nacida en Jujuy el 26 de marzo de 1785, hija del teniente coronel Juan Antonio Moro Díaz y doña Faustina Rosa de Aguirre. El teniente coronel Juan Antonio Moro Díaz, juntamente con Juan Martín de Pueyrredón y Ramón García Pizarro, fundaron el pueblo de Orán, del cual el teniente coronel Moro Díaz fue Regidor Alcalde. Doña Juana Gabriela Moro Díaz, contrajo matrimonio con el coronel don Jerónimo López de Carvajal -hijo del capitán Gregorio López y doña Manuela Mercado y Carvajal-, el viernes 29 de octubre de 1802 en la iglesia matriz de Salta, siendo testigos de la boda que bendijo el cura doctor Anastasio de Isasmendi, el licenciado Juan Esteban Tamayo, y los señores don Cipriano González de la Madrid y don José Tomás Sánchez. En 1802, toda su familia se había establecido en Salta, donde la joven Juana Gabriela comenzó a gozar de prestigio por su atrayente personalidad. Su patriotismo y su audacia se pusieron de relieve durante los prolegómenos de la batalla de Salta cuando, junto a otras damas se propusieron a conquistar a los oficiales realistas con el propósito de debilitar al ejército enemigo. Juana, que era una mujer de singular belleza, se adjudicó la tarea de seducir al marqués de Yavi, jefe de la caballería española. De acuerdo con lo convenido, el marqués y varios de sus compañeros y oficiales accedieron a abandonar las filas realistas el día previo a la batalla de Salta del 20 de febrero de 1813, comprometiéndose a regresar al Perú y trabajar por la causa de la revolución. Pero el accionar patriótico y abierto de Juana Gabriela no paró aquí, ya que fue partícipe de otras acciones que la llevarían a erigirse en uno de los enemigos principales de los españoles, convirtiéndose para estos en la más anhelada presa por conquistar. Los vaivenes de la Independencia de nuestra Argentina, pasaban por Salta exclusivamente en esos momentos, y con los salteños enrolados en cimentar la nueva patria, la responsabilidad de rechazar a los realistas. Pero éstos, iban y venían de nuestra capital, de acuerdo a las circunstancias que los erigían en vencedores o vencidos.

  Al invadir el Virrey del Perú, a cargo del ejército del Alto Perú, don Joaquín de la Pezuela la provincia en 1814, a raíz de las derrotas de las fuerzas patriotas en Vilcapugio y Ayohuma, lo primero que hizo el jefe español, fue tomar prisionera a Juana Gabriela Moro Díaz, la “codiciada presa”, para darle un escarmiento ejemplar. No la castigaría físicamente, dada su condición de mujer, pero para corregir desviaciones anti realistas, los hombres siempre contaron con los más refinados métodos de torturas, desde que el mundo es mundo. Pezuela la condenó a la pena capital, pero sin utilizar para ello el clásico paredón y su pelotón de fusilamiento. La hizo encerrar en una habitación de su propia casa y ordenó cerrar todas las aberturas para evitar toda comunicación con el exterior. Este cruento tormento, el del confinamiento por encerramiento, es vulgarmente conocido como “tapiamiento”, “tapiar”, o “tapiada”. Una vecina, aunque realista, se compadeció de Juana Gabriela y horadando la pared, la salvó de morir de hambre y de sed, quedándole desde entonces el mote de “la emparedada”. Su casa estaba ubicada en la calle España, entre Balcarce y 20 de Febrero.

 Disfrazada de coya

  En la edición nº 90 del sábado 23 de junio de 1900 de la revista Caras y Caretas, de Buenos Aires, se publicó un artículo ilustrado UNA PATRIOTA SALTEÑA, Dª. Juana Mora de López, que se refiere precisamente a la célebre patricia doña Juana Moro Díaz de López. La misma está firmada por JACK quien aclara al final: “Esta historia me la ha referido la distinguida matrona doña Serafina Uriburu de Uriburu, nieta del Mariscal don Juan Antonio Álvarez de Arenales. Dibujo de Sanuy”.


  “Corría el año 1814, y Salta, la ungida por la victoria, la ciudad predilecta de Belgrano, acababa nuevamente de ser ocupada por las fuerzas realistas. Versiones contradictorias y alarmantes se oían entre las familias sobre la suerte del ejército de la patria. Unas lo daban victorioso, y otras vencido y disperso. Para el patriotismo de aquellas abnegadas mujeres salteñas -en quienes se realizaba el sueño de la antigua Grecia, la amante hecha hombre, de exquisita elegancia de formas, con espíritu viril, digno de ciencia y de sabiduría-, cuyos padre, esposos o hermanos militaban en el ejército argentino, la situación se tornaba cada vez más desesperante. Santa Rita, cuya novena se hacía en esas noches, era implorada constantemente en auxilio de los libertadores, y jamás salieron de corazones más nobles y amantes, oraciones más fervientes que aquellas en que se imploraba la victoria para las armas de la patria. Dios iba a oírlas… La falta de noticias, empero, teníalas en cuidado y desconsoladas.

  Una noche alguien propuso que saliera un chasque en busca del ejército libertador, con el fin de hacerle conocer al general Arenales, que lo mandaba, la posición de los invasores, su número, etcétera. Pero, ¿quién iría? Confiarle la delicada misión a un muchacho o á un desconocido, era peligroso por las probabilidades de que pudiese caer en poder de los españoles, que lo juzgarían como espía. “Yo iré, y ustedes cuidarán de mis hijos”, dijo una de aquellas valerosas damas y momentos después desparecer de la reunión.

Noches después, un coyita que llevaba sobre sus débiles hombros unas alforjas repletas de coca y cascarilla, con burdas ojotas en los pies y cubierta la cabeza con el clásico sombrero de vicuña de anchas alas, golpeaba a altas horas la puerta de la casa que habitaba la esposa del general Álvarez de Arenales. Franqueada la entrada, se hizo conducir a la sala y pidió hablar a solas con Serafina. Una vez con la distinguida dama en su presencia, arrojó al suelo el sombrero, desátose el cabello, y después de un “¡viva la patria!”, le dijo, “mañana tu esposo estará aquí, pues viene de marcha forzada por el camino oculto de la quebrada, y habrá dado una victoria a la patria amada”. La que así hablaba era la señora Juana Moro de López, que bajo su disfraz de coya había conseguido burlar la severa vigilancia de los centinelas españoles, y atravesando en la soledad de las noches desfiladeros y valles, lograba ponerse al habla con el general patriota.

 

Al siguiente día el invicto Arenales reñía en los suburbios de Salta, encarnizada batalla qué, al caer la tarde, terminaba con la más espléndida de las victorias”. Posteriormente realizó otras arriesgadas acciones, como la de ir en busca del general Juan Antonio Álvarez de Arenales para conocer la posición de su ejército, del que llegaban noticias contradictorias. Se disfrazó de coya y así se lanzó por valles y quebradas. Algunos días después se presentó en casa de doña Serafina González de Hoyos, esposa del general Arenales, para anunciarle que su marido estaría en Salta al día siguiente, lo cual aconteció, desalojando éste a las fuerzas españolas. La población, entusiasmada, paseó a Juana por las calles de Salta. Prosiguió trabajando en pos de la consolidación de la independencia y cuando sus servicios ya no fueron necesarios, de dedicó de lleno a las tareas de su hogar.

 

Reaparecía varios años después, cuando contaba ya con 68 años sobre sus espaldas; el 9 de julio de 1853 integró el grupo de damas salteñas que se dirigió al gobierno “lamentando la postergación a que se relega al sexo femenino al no permitírseles jurar la Constitución Nacional”. Su retrato, ya anciana, fue publicado por el doctor Bernardo Frías en la primera edición de su obra Historia del General Güemes (Tomo ll, página 607). Existe una iniciativa, la de llevar sus restos al Panteón de las Glorias del Norte, ubicado en la Basílica Catedral de Salta, propiciada por la Junta de Estudios Históricos de Salta, en el año 1963. La misma está suscripta por el Coronel (R) Salvador Figueroa Michel, presidente; ingeniero Jorge Wanters Toranzos Torino, vicepresidente, y el profesor Carlos Gregorio Romero Sosa, secretario de actualizar investigación sobre el destino de sus restos y en caso de ser encontrados, trasladarlos con ceremonia oficial, al Panteón de las Glorias del Norte”.

 

Doña Juana Gabriela Moro Díaz de López falleció en nuestra ciudad “... a diecisiete días del mes de diciembre de mil ochocientos setenta y cuatro, en casa de su propiedad, habiendo recibido el sacramento de la penitencia, sagrado viático y extremaunción que el canónigo doctor don Pascual Arze y Zelarayán administró el día quince del presente, murió en la comunión de nuestra Santa Madre Iglesia de enfermedad al hígado doña Juana Morodias, vecina de esta ciudad de edad de noventa años viuda del finado don Jerónimo López. Su cadáver fue sepultado en el panteón de esta ciudad con oficio rezado el día dieciocho del presente y para que conste lo firmo. Napoleón Cairo”, según consta en el archivo del Arzobispado de Salta. (NdA: El “panteón de esta ciudad” es el actual cementerio de la Santa Cruz.)

 

Pese a dejar de existir en diciembre de 1874, el nombre de la ilustre patricia aparece en un documento en el archivo del Arzobispado de Salta, el domingo 1 de octubre de 1876, como madrina de bautismo, junto a su hijo el doctor Bernabé López, de la niña María Petrona Toranzos Torino, después fundadora y presidenta del Patronato de la Infancia de Salta. Además, el después obispo de Salta, monseñor Gregorio Romero, la conoció en su lúcida vejez, dando fe de ello. Las biografías existentes sobre su personalidad la dan fallecida centenaria entre 1886 y 1887, cuando la epidemia del cólera se abatió sobre Salta y como una de las víctimas del flagelo. El documento de su fallecimiento existe, pero en la misma figura con su apellido alterado de soltera Morodias, y no Moro Díaz, lo cual indujo a las equivocaciones de quienes siguieron sus rastros hasta el final de su existencia. Mucho es lo que puede decirse de esta jujeña-salteña y argentina ejemplar, temeraria sin límites, la que a través de su ejemplar accionar deja traslucir una personalidad exquisita y cautivante por sus hazañas, despertando la admiración de mujeres y hombres por igual.


 

Fuente: Roberto G. Vitry

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