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Historia Argentina

Cuando se toca fondo, se empieza a salir

La ley del péndulo

Viernes 14 de diciembre de 2012 | Publicado en edición impresa

Por Enrique Valiente Noailles | LA NACION

Twitter: @evnoailles | Ver perfil

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¿Se puede ser positivo con el futuro de la Argentina? Daría la impresión, mirando las noticias recientes, de que es una apuesta alocada. Sin embargo, probablemente no lo sea. Para contestar esa pregunta no hay que mirar los hechos que están madurando hoy, producto de causas anteriores, sino la semilla de los hechos futuros, que yace en los comportamientos incipientes de la sociedad de hoy. La trampa del espejo retrovisor, metáfora a la que aludía McLuhan, es exactamente eso: cuidarse de no extrapolar al futuro, de manera indebida, lo que viene o ha venido ocurriendo. Es decir, cuidarse de no ver los hechos que estamos dejando atrás mientras intentamos vislumbrar lo que se viene.

La Argentina parece haber tocado fondo en 2002, tanto en su economía como en su situación social. Su situación institucional, en cambio, se ha ido deteriorando dramáticamente hasta llegar a la situación actual. Entre otras cosas, estamos al borde de un conflicto de poderes. La Justicia está siendo avasallada y el Poder Ejecutivo ha declarado una guerra contra el Poder Judicial. Por eso, aunque el clima actual tiene enormes diferencias con el de 2002, tiene también alguna semejanza, sólo que ahora la percepción es que lo institucional está en situación terminal. De hecho, el "vamos por todo" es la perfecta inscripción para una lápida de la institucionalidad.

Cuando se habla de institucionalidad, parece que se habla de algo abstracto. Tanto como considerar que las fundaciones de un edificio son más abstractas que las terminaciones o las aberturas. Nada hay más concreto que los efectos de la nula transparencia de la acción del Estado, de la ausencia de rendición de cuentas de los recursos públicos, de la discrecionalidad y de la corrupción, de la falta de respeto a la ley y de un gobierno que, como una garrapata, se fortalece a medida que debilita al Estado. O, puesto en su lenguaje, que derrite los fierros institucionales. Probablemente la madurez de la vida en común en un país esté en directa correlación con la creciente comprensión de lo institucional como algo absolutamente concreto.

Ahora bien, así como la Argentina parece haber tocado fondo en términos sociales y económicos a principios de siglo, hay signos concurrentes de que podría estar tocando fondo en esta zona también. El año 2002 era el momento para tornarse positivo sobre la recuperación económica y social del país, aunque fuera impensable y el contexto fuera desastroso. ¿Qué chances de no ser tomado por una insania tenía un pronóstico de crecimiento a tasas chinas y una recuperación dramática de la situación social? Para ponerlo en una imagen, si los valores institucionales fueran una acción de la bolsa de comercio, podría ser el momento de invertir en ellos.

Las reversiones se producen antes de que se tornen visibles las razones para que eso ocurra, a partir de una psicología imperante que decide cambiar. En el fin de un ciclo económico depresivo lo que la psicología de la gente necesita es una chispa que encienda la reversión. Es un mensaje para los líderes políticos alternativos: cuando esta chispa se enciende, el primer crecimiento es exponencial. ¿Puede esto extrapolarse al fin de un ciclo político-institucional? Es probable, ya que la necesidad de reversión ante los extremos gobierna todas las áreas de la psicología humana. Hoy podría ser el momento de creer en lo que nadie cree.

La organización republicana, además de democrática, tiene sentido para proteger a los ciudadanos de los abusos de poder. Esto ha funcionado en la práctica en estos días y es un primer buen signo hacia el futuro: los límites que la Cámara de Apelaciones y la Corte Suprema han puesto en el caso Clarín ante la prepotencia oficial. Uno ha comenzado a acostumbrarse, pero si retrocedemos un poco, es sorprendente esta fatwa , este edicto librado por el gobierno de un país para ejercer el acoso contra uno de sus integrantes. De quien hasta hace algunos años era un socio que obtenía las primicias del Gobierno y que obtenía también la gracia de tener la aprobación de la fusión entre Multicanal y Cablevisión en otro 7-D.

Pero esta inconsistencia, como decenas de otras, es inocua en la Argentina, porque así como está suspendida la rendición de cuentas en otras áreas, está también suspendida la rendición de cuentas frente al principio de no contradicción. Lo que también sorprende en esta extraña forma de teocracia laica, en la cual el relato es el texto sagrado cuya profanación exige el castigo, son los acólitos acríticos que se suman, sin matices y sin voluntad de distinguir lo que se hace bien de lo que no. Acólitos que no se agotarían de arrojar objetos hacia arriba si saliera un decreto derogando la ley de gravedad.

A los signos que pueden ser tomados como una semilla de reversión pueden adicionarse la percepción de un fin de ciclo político ligado a la improbabilidad creciente de que la Presidenta pueda ser reelegida, a partir de encuestas de aprobación descendentes. Se observa una reacción en las declaraciones de los jueces y en cierta unión de la oposición. Y fuimos testigos de una inédita y masiva reacción de malestar de la población en las manifestaciones del 13-S y 8-N, que se hicieron para reclamar valores de orden mucho más abstracto que los del bolsillo, como la libertad o la justicia, sin dejar de estar presente un hartazgo ante el clima de maltrato e inseguridad.

No se trata de ser optimista. A priori, frente al nivel de problemas que enfrentamos, tanto el optimismo como el pesimismo, como dijera Heidegger en otro contexto, son actitudes pueriles. Lo único que nos salva es la acción. Sin embargo, existe una forma de la positividad con el futuro que no es una ensoñación boba, ni una plegaria, sino la capacidad de detectar los puntos de reversión de las situaciones para actuar sobre ellos. Existe una forma positiva de mirar hacia adelante que no es la espera de que el mañana de por sí nos traiga algo mejor, sino que supone la construcción de ese mañana.

Hoy vivimos todavía en un clima de cruzadas, de blasfemias y de autohipnosis. Vivimos en un estado de simulación crítica, donde parece que está todo siendo cuestionado, pero en la práctica estamos en una situación completamente acrítica, que parte de la incapacidad de detenernos en los matices, cosa válida tanto para los K como para los anti-K. Hemos retrocedido al uso dogmático de la razón, que pretende haberse adueñado de ciertas verdades trascendentes con las que se fumiga a nuestros oponentes. De allí la extrema banalización del debate, que se ha convertido en un contraste de hinchadas que defienden colores más que razones y a las que les queda como recurso el de tomárselas con los árbitros. No ajeno a lo que hacen las barras bravas, también se amenaza a los jueces con alojarlos en una zona desfavorecida del relato, homologándolos con la Corte de los años 30. Inmensa manipulación semántica de quienes no pueden tolerar ver sus deseos contrariados.

Desde ya que no podemos ser ingenuos y que se puede caer más hondo: es sólo un tema de probabilidades. En eso hay ejemplos, como el fujimorazo , en el cual se disolvió, mediante un autogolpe del presidente, el Congreso, a la vez que se intervino el Poder Judicial y se tomaron los medios de comunicación. Pero para asignar probabilidades lo más relevante es detectar cuándo comienzan los indicios de reacción, los límites que impiden descender aún más y que preparan un rebote.

No sería extraño, como modalidad compensatoria de la comprensión de la política como guerra, que desemboquemos en una especial forma de cuidado del diálogo en el futuro. Porque las posiciones extremas condenan a un movimiento pendular y siembran la semilla de su opuesto. Del mismo modo como fue el Gobierno el que sembró las semillas de su propia erosión, siguiendo la máxima china, y no sólo sus tasas: todo lo que llega a su apogeo, se deteriora. En cualquier caso, la brecha entre el desarrollo económico y social frente al institucional no resiste demasiado y en algún momento tenderá a cerrarse. Puede que lo haga por deterioro de lo primero, pero la Argentina está dando muestras incipientes de no querer dejar de hacerlo por mejora de lo segundo.

© LA NACION

 

Fuente: La Nacion

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