Diciembre 2014

2014, el año que vivimos en desorden

2014, el año que vivimos en desorden

Tribuna.Carlos Pérez Llana

HORACIO CARDO

31/12/14

El 2014 finaliza signado por tres grandes tendencias globales de naturaleza sistémica: un clivaje ideológico creciente, una economía internacional sin dinamismo y sacudida por la baja del petróleo y la violencia intra-islámica.

El choque ideológico no terminó con el fin de la Guerra Fría. El relato optimista de un mundo gestionado por los mercados y la democracia no se plasmó. Triunfó el mercado, pero la democracia no se instaló. La pretensión universal de este sistema es crecientemente resistida por regímenes autoritarios que cuestionan lo que denominan la “visión occidental” de la democracia y de los derechos que ella tutela, por ejemplo los Derechos Humanos. Este acoso explica la fractura de la política. En ella no existe globalidad ni gobernanza. Obviamente, el discurso se instaló en paralelo al debilitamiento norteamericano y a la crisis europea. El relato que da por consagrado un mundo multipolar es ideológico: existe un mundo de polaridades indefinidas.

También es parcial la explicación de la difusión del poder: desde Occidente al Asia. Asia es muy diversa, es más homogéneo Occidente. Si algo quedó demostrado en el 2014 es la resistencia al proyecto chino de liderar el Asia. La idea “de Asia para los asiáticos”, que Pekín frasea, rememora el discurso japonés de la “co-prosperidad”. Allí es fuerte el temor al hegemonismo. Fueron los regímenes autoritarios chino y ruso los que desplegaron con mayor fuerza el discurso antidemocrático, bajo cobertura antioccidental, en el transcurso del 2014. No se trata de un “frente”, son expresiones del nacionalismo histórico ruso y de la identidad civilizatoria china. En ambos casos existe un marcado interés por divulgar “otro discurso”; la apuesta incluye el soft power: ”Rusia Today”, CCTV y blogueros oficialistas, que buscan competir en el espacio mediático. Es el homenaje que el vicio le rinde a la virtud.

En el orden de la economía internacional se destaca la falta de dinamismo, particularmente en Europa. Entre los emergentes China mantiene sus proyecciones y el resto presenta la misma atonía. Mientras tanto la economía norteamericana continuó mejorando.

En este contexto, esbozado en todos los Informes globales, la caída del precio del petróleo impacta duramente. Más allá de cómo el resto de las materias primas acompañen la tendencia, lo cierto es que en términos geoestratégicos el año cierra con un tsunami.

La lectura económica explica esta caída en base al juego de la oferta y la demanda. Los productores más importantes de la OPEP no quieren bajar su producción; aparece el petróleo no-convencional norteamericano y los emergentes consumen menos.

También existen explicaciones políticas y la clásica lectura conspirativa. Arabia Saudita busca debilitar a Irán, su adversario chiita, y a Rusia, aliada del shiismo. Los EE.UU. importando menos recuperan autonomía y, en paralelo, un petróleo barato debilita a sus enemigos: Putin, la teocracia iraní y el chavismo. Los que se abrazan a la lectura conspirativa recuerdan que en los ’80 Reagan y el rey saudí acordaron bajar el petróleo hiriendo de muerte a la URSS. Más allá de estas explicaciones, lo cierto es que los países productores/exportadores crujen, la mayoría gobernados por autoritarismos y populismos acostumbrados a canjear oro negro por alimentos y bienes industriales. Rusia encabeza ese lote: decididamente existe una asimetría entre las ambiciones de Putin, simbolizadas en Crimea, y los recursos de una potencia insuficientemente desarrollada.

La guerra intra-islámica se expresa en varias dimensiones. El tablero estratégico asociado al petróleo está sacudido por esta lucha. Libia e Irak son algunos casos donde la guerra civil afecta al mercado petrolero porque se trata de grandes reservas. La segunda dimensión es intra-sunnita: el Estado Islámico compite por el liderazgo ideológico con Al Qaeda. Se trata de dos estrategias: el EI, al asumirse como Califato, administra territorios, mientras Al Qaeda se “especializó” en terrorismo y centralizó su lucha contra los “impíos” occidentales. Al Estado Islámico la batalla militar comienza a serle difícil: acosado por una alianza dirigida por los EE.UU., viene sufriendo derrotas militares, pero no ha perdido capacidad de convocatoria entre muchos jóvenes -europeos y árabes- que marchan a la guerra santa. En el Asia, todavía Al Qaeda conserva influencia, aliada a los talibanes, que esperan retomar el poder en Kabul en el 2015, cuando los EE.UU. retiren casi todas sus tropas.

En medio de esta pulseada religiosa, los partidos islámicos se debilitaron: no hay espacio para ellos, el fracaso de la “primavera árabe” los llevó a la cárcel (Egipto) o a la oposición (Túnez).

Desorden internacional es el legado del 2104. El liderazgo norteamericano se licuó; Europa se replegó debido a la crisis económica; el sistema multilateral estuvo trabado, básicamente en materia de seguridad, y los países emergentes no terminan de asumir compromisos globales.

Carlos Pérez Llana, Experto en Relaciones Internacionales, Univ. Di Tella y Siglo 21

Fuente: Clarín

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